Pablo Krögh, actor y director de “El Quijote no existe”
Con alas propias y como niños grandes

Conoció a Jorge en una de las tantas temporadas estivales en que el dramaturgo nacional se encontraba en Santiago y se la pasaba escribiendo en la que consideraba su oficina, la cafetería Tavelli, en el Drugstore de Providencia.

Fue el inicio de una gran amistad y complicidad creativa que continúa cosechando éxitos de la mano de la compañía El Lunar y que el próximo mes de mayo, exhibirá por primera vez uno de sus frutos en Buenos Aires. Se trata de la obra número 100 del fallecido autor Jorge Díaz, El Quijote no existe.

Por Gabriela Carrasco Molina                           

Por treinta años, Jorge Díaz se pasó entre Santiago y Madrid, seis meses en Chile, seis meses en España. Como buen piscis se escapaba del frío y sólo vivía entre verano y primavera. Andaba siempre con ropas livianas y eso para él era fantástico, cuenta Pablo Krögh tras un sorbo de té, precisamente en el lugar donde a su amigo le gustaba pasar sus horas creando historias y personajes.

Pablo dejó de frecuentar la cafetería luego de la muerte, hace poco más de un año, del que fuera su compañero en la creación. Ahora está de vuelta en el lugar donde comenzó todo para conversar de su relación con Jorge, la dramaturgia, Cervantes, el proceso creativo y su próximo arribo a Buenos Aires en calidad de director y protagonista de El Quijote no existe.

¿Cómo nace tu relación con Jorge?

“Cuando murió mi viejo en el año 2000 empecé a escribir cartas para él y trabajé con Marcela Terra, quien me dirigió en el primer monólogo que hice, que se llamaba Reflexiones sobre una vida absurda. Ahí comenzaron mis ganas por dirigir. Posterior a eso y conversando con Alejandro Trejo, le conté de esta idea y me dijo que fuera a hablar con Jorge Díaz. Pero si no lo conozco, le dije. Da lo mismo, si total está todos los días en el Tavelli y atiende a todo el mundo.

Y ahí estaba Jorgito, sentado en su mesa de siempre. Nos conocimos y al día siguiente me pasó como doce obras de él. Me las leí en dos días, nos volvimos a juntar aquí mismo y le dije que me habían gustado mucho, pero que no me servían. Me pasó ocho más, las leí y le dije lo mismo. Pero ¿qué quieres?, me dijo. Lo que pasa es que es primera vez que voy a dirigir y necesito una obra que sea tan virgen como yo. Tus obras son maravillosas, pero todas están estrenadas y yo no quiero que se me compare con otros, quiero simplemente que la gente analice mi trabajo a raíz de lo que yo estoy haciendo con la dirección”.

¿Qué te contestó?

“Empezamos a conversar e intereses comunes teníamos muchos. Nos dimos cuenta de que lo que nos atraía a ambos era el encubrimiento corporativo que la iglesia Católica hacía para proteger a los curas pedófilos y así nació la obra Oficio de tinieblas que habla del tema.

Cada dos o tres días me pasaba cinco o diez páginas y yo las iba leyendo, aceptando o rechazando. Él por supuesto, con una generosidad y sabiduría que desbordaba. A mí no me quedaba más que disfrutarlo y aprovecharme de la generosidad que me estaba brindando”.

Más tarde vino El Quijote no existe, obra que presentarás en Buenos Aires, ¿cómo se dio eso?

“El Quijote fue consecuencia de lo mismo, ya habíamos hecho Oficio de tinieblas y él ya me había visto en dos monólogos y me había dicho que quería escribir uno para que yo lo interpretara. Llegamos a la conclusión de que a través de El Quijote podíamos hablar también de nosotros como creadores, basándonos en Cervantes, en el sentido de que era un creador. Observamos que daba para mucho, que servía para poder mostrar una gran gama de personajes que eran fáciles de identificar en la sociedad. ¿Y por qué no existe? Porque  a pesar de que El Quijote después de la Biblia es el libro más editado en la historia de la humanidad, es al mismo tiempo el menos leído. Sin embargo, basta con que tú veas un flaco alto y un gordo chico y todos saben que es El Quijote. Entendimos que teníamos mucho poder con el manejo de este personaje y ahí empezamos a trabajar”.

¿Cervantes es entonces un punto de partida para hablar de otras cosas, un punto para reconocerse?

“Absolutamente. Sobretodo porque a la conclusión que llegamos también, fue que Shakespeare es un autor muy inteligente, pero no llega al pueblo, llega más bien a los intelectuales, al intelecto. Cervantes con sus obras, de alguna u otra forma, y especialmente con El Quijote, llega al corazón, a la emoción. Por eso decidimos usarlo y trabajar con nuestras propias emociones para plasmarlas sobre el escenario”.

Es una obra más bien personal entonces

“Sí. Que habla de los actores, de los dramaturgos, de los directores, de la carencia, de lo ordinarios que somos, de lo comunes que somos, de que no tenemos nada de especial. Somos seres que andamos, más encima, abriendo nuestras heridas para que el público de alguna manera, nos aplauda o nos pifie”.

¿Cómo es continuar con la obra que comenzaste junto a Jorge, pero ahora sin él?

“Para mí ya es un juego. Nosotros siempre hemos tomado el teatro como un juego en la Compañía, ya sea un juego dramático o no, pero es un juego al fin y al cabo. En este caso, la continuación de todo lo que hicimos con Jorge, para mí es la continuación de la Compañía también. Jorge nos dejó físicamente, se quedó con nosotros, evidentemente, en nuestros recuerdos, en nuestra emoción, pero ya no estamos bajo su cobijo. Ahora tenemos que batirnos bajo nuestras propias alas, como niños grandes para poder seguir desarrollándonos”.

Y llevarla a Argentina por primera vez ¿qué significa para ti?

“Otro desafío, porque el público argentino es un público ávido de teatro y tengo mucho interés en conocerlo porque nunca he actuado allá. He estado en Buenos Aires haciendo otras cosas, pero teatro nunca. Y además porque Jorge tenía la intensión de llevar El Quijote a través de Carlos Ianni a Argentina, pero al final se enfermó y las cosas no funcionaron. Pero las vueltas de la vida dicen que a veces los momentos llegan cuando uno menos los espera y que hay que hacerlo con la misma energía que cuando se tiene planificado”. ¿Feliz? “Sí, absolutamente”.

¿Qué crees que tienen en común las dramaturgias de Chile y Argentina?

“Creo que hay un elemento que es muy importante dentro de la dramaturgia latinoamericana, que es el concepto visceral. Normalmente las obras de teatro que se hacen en Latinoamérica son muy viscerales. Sin duda pueden venir desde el intelecto, pero en algún momento dado aflora esa animalidad que tenemos nosotros como latinos. Cuando tú vas a Europa, ves un teatro muy bonito, muy pulcro, pero muy cerebral, y que percibes frío o distante. El concepto visceral pertenece mucho más a Latinoamérica y creo que ése es el común denominador entre Chile y Argentina”.

¿Qué esperas del recibimiento en Buenos Aires?

“Espero en primera instancia estar lo suficientemente completo y entero interiormente como para poder mostrar lo que realmente es El Quijote en esencia. Si yo logro mostrar eso, estoy seguro de que la recepción del público va a ser como ha sido en todas las partes del mundo donde la he mostrado”.

Estás dirigiendo y además eres el protagonista de la obra ¿tienes ayuda?

“Esto no lo podría hacer sin la ayuda de Andrés García que es mi socio y codirector en El Quijote. Es mi amigo y actor de la Compañía, me ha dirigido y yo lo he dirigido a él. Lo hemos hecho en todos los países que te mencioné y ha funcionado perfecto, por lo que no tendría por qué no funcionar en Argentina. Sobretodo porque el público argentino es muy receptivo, muy abierto y si tú le das la garantía de un trabajo bien hecho, es bien recibido”.

¿Con qué te gustaría que se quedara el público?

“Uf. Con la verdad de lo que uno pueda mostrar arriba del escenario, con la honestidad, con la alegría. Con todo lo que, de alguna manera, yo trato de mostrar cuando estoy haciendo El Quijote”.

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Pablo Krögh en El Quijote no existe

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